Mi salida de Cuba. Capítulo 1
Siguiendo la recomendación que hace Enrisco para "contar [nuestra] historia", que Verónica nos presenta en Evidencias, me dispongo a rememorar esa parte de mi vida que trata sobre mi salida del país. Dado que, como tantas cosas en esta vida, ese fue el final de un proceso gradual de cambio de mentalidad, voy a comenzar por dicho proceso. Posteriormente relataré los trámites en Cuba relativos a mi salida y más adelante los trámites para instalarme en España. No es nada interesante. Es una historia más entre millones, pero lo hago como remedio contra mi desmemoria.
Voy a empezar bien atrás, en los años 80.
Ya desde mucho antes del período especial tenía claro que el sistema de gobierno en Cuba y la manera en que estaba concebido no me gustaba, no era lo que quería para mí ni para mi país. No recuerdo exactamente el comienzo de mi -paulatino- cambio de parecer pero se encuentra en algún instante entre el 3º y el 4º año de la universidad, o sea, entre 1987 y 1988. Recuerdo perfectamente los primeros encuentros con mis viejos amigos del preuniversitario que, estudiando en la URSS y sus países satélite, venían por primera vez de vacaciones a la isla. Eso ocurrió en el verano de 1987. Ellos hablaban de países fracasados, con sociedades hipócritas donde reinaba la pobreza material y la doble moral y me aseguraban que todo lo que yo -sinceramente- profesaba hasta entonces era una farsa, una mentira. Yo escuchaba simplemente atónito. No podía creerlo.
En septiembre de 1987, comencé una relación con la hija de una señora que ostentaba entonces un alto cargo en el gobierno, un cargo más bien oscuro y sin mucho nombre (posteriormente llegaría a convertirse en ministra, también sin demasiado renombre y peor desempeño). Gracias a mi novia y su familia conocí algunos de los privilegios de la clase dominante, “los poderosos”. Y supe que entre los poderosos también tienen clases, los poderosos de abajo e intermedios no tienen acceso a los mismos servicios y privilegios que los poderosos de arriba, e incluso poderosos de igual rango disfrutan de privilegios distintos, según su esfera de influencia. Los descendientes de este linaje ven sus privilegios y prebendas como algo normal, nacieron con ello y forma parte de su vida (y por eso creo que su grado de culpabilidad es bajo, pero no es el cometido de este escrito juzgar a nadie). Sólo los que venimos de afuera, especialmente si éramos pobres como yo, se fascinaban en ese contexto. Y en esa familia -perteneciente digamos a los “poderosos intermedios”- conocí los llamados “cables”. Se trataba de una publicación con formato tabloide -no recuerdo su periodicidad- que existía por esos años (no sé si aun existe), donde se recogían despachos de las agencias internacionales de prensa, noticias y algunas columnas y editoriales de la prensa internacional. No trataba especialmente sobre Cuba sino sobre asuntos internacionales, aunque Cuba también aparecía. Nada de esto salía en los periódicos oficiales destinados a la población, ya que si “el pueblo” recibía esta avalancha de información real podía ser “confundido”. Era, por tanto, una publicación destinada a personas confiables, los poderosos, y no al pueblo en general. Gracias a esta publicación -que leía a escondidas de la señora poderosa (pero con el consentimiento de su hija, que sabía que yo la disfrutaba)- conocí muchos entresijos de asuntos y conflictos internacionales de entonces como la guerra Irán-Irak, los cárteles de la droga en Colombia, otras noticias y editoriales sobre América Latina, EE.UU., Europa, etc. Menciono este pasaje de mi vida porque tiempo después me he dado cuenta la importancia que tuvieron tanto el conocer -y disfrutar- los privilegios de la élite, como la lectura de los “cables” en el cambio que ya se venía gestando en mi forma de pensar.
Por otro lado comenzaban a llegar por aquel entonces las primeras noticias sobre la Perestroika y la Glásnost que sucedían en la URSS. Otro amigo, que estudiaba en Cuba y nunca había viajado, me recomendó leer el semanario “Novedades de Moscú” (hasta entonces un libelo reservado a los más fervientes seguidores de la ortodoxia soviética y que yo jamás había leído). Cada viernes lo reservaba en el estanquillo que había a la entrada del hospital Calixto García y más de una vez llegué a pagar 1 peso por un ejemplar que costaba exactamente veinte veces menos (0,05 pesos, un “medio”). Gracias a esta publicación, entonces inspirada por el espíritu de transparencia propio de la Perestroika, conocí de cerca la verdadera naturaleza del sistema soviético, los crímenes de Stalin, el resurgimiento de las nuevas mafias rusas, la sordidez de los servicios secretos soviéticos, incluso la frivolidad del primer concurso de Miss Rusia… Sin darme cuenta me fui llenando de una gran ilusión, la ilusión porque pudiera ocurrir en mi país un fenómeno similar. Esta ilusión se hizo mucho más fuerte cuando, poco tiempo después y como parte del mismo proceso, caía el muro de Berlín y uno a uno, como fichas de dominó, los regímenes comunistas satélites de la URSS se desmoronaban en un corto período de tiempo.
Voy a empezar bien atrás, en los años 80.
Ya desde mucho antes del período especial tenía claro que el sistema de gobierno en Cuba y la manera en que estaba concebido no me gustaba, no era lo que quería para mí ni para mi país. No recuerdo exactamente el comienzo de mi -paulatino- cambio de parecer pero se encuentra en algún instante entre el 3º y el 4º año de la universidad, o sea, entre 1987 y 1988. Recuerdo perfectamente los primeros encuentros con mis viejos amigos del preuniversitario que, estudiando en la URSS y sus países satélite, venían por primera vez de vacaciones a la isla. Eso ocurrió en el verano de 1987. Ellos hablaban de países fracasados, con sociedades hipócritas donde reinaba la pobreza material y la doble moral y me aseguraban que todo lo que yo -sinceramente- profesaba hasta entonces era una farsa, una mentira. Yo escuchaba simplemente atónito. No podía creerlo.
En septiembre de 1987, comencé una relación con la hija de una señora que ostentaba entonces un alto cargo en el gobierno, un cargo más bien oscuro y sin mucho nombre (posteriormente llegaría a convertirse en ministra, también sin demasiado renombre y peor desempeño). Gracias a mi novia y su familia conocí algunos de los privilegios de la clase dominante, “los poderosos”. Y supe que entre los poderosos también tienen clases, los poderosos de abajo e intermedios no tienen acceso a los mismos servicios y privilegios que los poderosos de arriba, e incluso poderosos de igual rango disfrutan de privilegios distintos, según su esfera de influencia. Los descendientes de este linaje ven sus privilegios y prebendas como algo normal, nacieron con ello y forma parte de su vida (y por eso creo que su grado de culpabilidad es bajo, pero no es el cometido de este escrito juzgar a nadie). Sólo los que venimos de afuera, especialmente si éramos pobres como yo, se fascinaban en ese contexto. Y en esa familia -perteneciente digamos a los “poderosos intermedios”- conocí los llamados “cables”. Se trataba de una publicación con formato tabloide -no recuerdo su periodicidad- que existía por esos años (no sé si aun existe), donde se recogían despachos de las agencias internacionales de prensa, noticias y algunas columnas y editoriales de la prensa internacional. No trataba especialmente sobre Cuba sino sobre asuntos internacionales, aunque Cuba también aparecía. Nada de esto salía en los periódicos oficiales destinados a la población, ya que si “el pueblo” recibía esta avalancha de información real podía ser “confundido”. Era, por tanto, una publicación destinada a personas confiables, los poderosos, y no al pueblo en general. Gracias a esta publicación -que leía a escondidas de la señora poderosa (pero con el consentimiento de su hija, que sabía que yo la disfrutaba)- conocí muchos entresijos de asuntos y conflictos internacionales de entonces como la guerra Irán-Irak, los cárteles de la droga en Colombia, otras noticias y editoriales sobre América Latina, EE.UU., Europa, etc. Menciono este pasaje de mi vida porque tiempo después me he dado cuenta la importancia que tuvieron tanto el conocer -y disfrutar- los privilegios de la élite, como la lectura de los “cables” en el cambio que ya se venía gestando en mi forma de pensar.
Por otro lado comenzaban a llegar por aquel entonces las primeras noticias sobre la Perestroika y la Glásnost que sucedían en la URSS. Otro amigo, que estudiaba en Cuba y nunca había viajado, me recomendó leer el semanario “Novedades de Moscú” (hasta entonces un libelo reservado a los más fervientes seguidores de la ortodoxia soviética y que yo jamás había leído). Cada viernes lo reservaba en el estanquillo que había a la entrada del hospital Calixto García y más de una vez llegué a pagar 1 peso por un ejemplar que costaba exactamente veinte veces menos (0,05 pesos, un “medio”). Gracias a esta publicación, entonces inspirada por el espíritu de transparencia propio de la Perestroika, conocí de cerca la verdadera naturaleza del sistema soviético, los crímenes de Stalin, el resurgimiento de las nuevas mafias rusas, la sordidez de los servicios secretos soviéticos, incluso la frivolidad del primer concurso de Miss Rusia… Sin darme cuenta me fui llenando de una gran ilusión, la ilusión porque pudiera ocurrir en mi país un fenómeno similar. Esta ilusión se hizo mucho más fuerte cuando, poco tiempo después y como parte del mismo proceso, caía el muro de Berlín y uno a uno, como fichas de dominó, los regímenes comunistas satélites de la URSS se desmoronaban en un corto período de tiempo.